Permítame, querido lector, sentarnos frente a una copa y charlar sobre uno de esos temas que te dejan con la sonrisa torcida y la ceja levantada: la obstinada creencia de algunos individuos en pleno siglo XXI de que la Tierra es plana. Así, tal cual. Plana como una tortilla española mal hecha, o como el sentido del humor de ciertos políticos de turno. Pero, al contrario que estos últimos, los terraplanistas no están bromeando. Van en serio. Y eso, francamente, tiene guasa.
La cuestión no es si la Tierra es plana—porque no lo es—, sino cómo es posible que hoy, cuando tenemos telescopios capaces de captar galaxias a miles de millones de años luz, GPS precisos hasta para llevarnos al bar de la esquina, y vuelos transoceánicos cuya existencia depende, precisamente, de esa curvatura terrestre, existan personajes que defiendan que vivimos sobre un disco. Un disco, insisto, flotando en la nada. Ni Tolkien se habría atrevido a semejante fantasía sin al menos explicar quién sostiene ese disco.
Pero entremos en faena, que el asunto es jugoso. Si Eratóstenes, hace más de dos mil años, ya demostró con palos, sombras y un cerebro bien amueblado que nuestro planeta es esférico, cabe preguntarse qué clase de gimnasia mental es necesaria para volver a la tortilla plana. Pues bien, ese ejercicio pasa por varias piruetas intelectuales que harían sonrojar a cualquier gimnasta olímpico.
Primero, los defensores del mundo-plato aseguran que, de ser redonda la Tierra, el agua de los océanos se caería al vacío. Brillante, ¿no cree? Como si Isaac Newton nunca hubiese existido, ni la gravedad tampoco. Según esta peculiar lógica, al tomar un café en Buenos Aires, uno debería salir despedido al espacio, taza incluida. Por fortuna para argentinos y cafés, la gravedad existe y nos mantiene pegados a este globo terráqueo, que gira sin consultar nuestras preferencias sobre mareos o vértigos existenciales.
Otra maravilla argumental es la famosa "no veo la curva, ergo no existe". En esto hay que admitir que tienen parte de razón: desde el balcón de tu casa, el mundo parece plano. También parece que no hay más allá después del bar del fondo, pero resulta que sí lo hay. La cuestión es de perspectiva y tamaño. Si subes a un avión y miras con atención, esa leve curva se aprecia. Si viajas en barco, notarás cómo las costas desaparecen suavemente, en lugar de encoger como harían si viviéramos en una bandeja gigante. Pero no, ellos insisten en que la falta de curvatura visible a simple vista desmonta siglos de evidencia científica.
El terraplanista medio tiene un enemigo favorito: la NASA. Para ellos, esta agencia es poco menos que la mayor productora cinematográfica de Hollywood, especializada en efectos especiales y engaños masivos. Todas esas fotos de astronautas en órbita, dicen, son falsas, producidas en estudios secretos. Lo sorprendente es que no sólo sería la NASA, sino también Roscosmos, la ESA, China, India, y ahora SpaceX. Imagínese, lector, el nivel de coordinación internacional necesario para sostener semejante mentira. Si estos países no logran ponerse de acuerdo en una reunión de la ONU sobre asuntos básicos, ¿cómo diantres lo harían para esconder una conspiración tan monumental?
Este punto, lo confieso, me divierte especialmente. "Si la Tierra gira a 1.600 kilómetros por hora, lo notaríamos", sostienen con rotundidad. Claro, igual que cuando viajas en avión a 800 km/h y puedes caminar al baño sin salir disparado contra la cola del aparato. La clave, señores terraplanistas, está en las aceleraciones. La Tierra gira a velocidad
constante y, por tanto, no hay aceleración perceptible. Esto es Física de instituto. Que no lo recuerden no implica que la física esté equivocada, sino que quizás faltaron a clase aquel día.
Ahora bien, ¿quiénes son estos individuos que desafían la lógica elemental? Aquí entra la psicología más que la ciencia pura. Generalmente, son personas inteligentes en otros ámbitos, capaces de manejar complejas teorías conspirativas con cierta soltura, pero atrapadas por un profundo escepticismo hacia lo establecido. En un mundo cada vez más confuso, muchos buscan un refugio cómodo en teorías sencillas que expliquen lo inexplicable y les hagan sentir que controlan un pedacito de verdad exclusiva. Para algunos, creer en la Tierra plana es como pertenecer a un selecto club que "conoce" la realidad que el resto ignora. Una identidad rebelde en una sociedad cada vez más homogénea.
Si alguna vez se encuentra en esta situación, recuerde la regla básica: jamás ridiculice. Es tentador, lo sé, pero inútil. Mejor haga preguntas, lance dudas razonables: ¿por qué en Australia ven estrellas diferentes a las que se observan desde España? ¿Por qué las sombras son distintas a la misma hora en diferentes latitudes? Deje que ellos mismos se enreden en sus contradicciones. Recuerde: la mejor forma de derribar una teoría absurda es dejar que se derrumbe sola bajo el peso de su propia lógica defectuosa.
La realidad es obstinada, lector, y la Tierra es esférica—mal que les pese a algunos. No necesitamos convencer a todos los terraplanistas del error que cometen, pero sí evitar que este tipo de ignorancia organizada gane terreno. La batalla no es contra quienes creen que el mundo es plano, sino contra la desinformación y la incapacidad de aplicar el pensamiento crítico.
En definitiva, recuerde que cuando alguien se empeña en ver el mundo plano, es porque quizá su propia mente se ha achatado demasiado. Pero eso, como la Tierra plana, afortunadamente tiene remedio: educación, paciencia y dosis generosas de sentido común.